
Basada en la novela «Hamnet» de Maggie O’Farrell, la directora Chloé Zhao, ganadora del Oscar por «Nomadland», trae una de las películas del año. Así de entrada, el casting cuenta con Jessie Buckley y Paul Mescal en sus papeles principales. Como si eso no fuera suficiente reclamo, disfrutar en pantalla grande, de una banda sonora, firmada por Max Richter, es un plus difícil de ignorar.
Dicho esto. Lo que «Hamnet» nos ofrece, es realmente una experiencia cinematográfica a todos los niveles. Y lo comento, porque visualmente los planos son una obra de arte. Comparables a los de «Sinners». Destaca también un uso, afortunadamente no excesivo, de los diálogos fuera de plano. Que dotan de más dramatismo a la historia. Y un ritmo lento que le sienta como un guante a la película. Nada es exagerado, nada pretende que el espectador salte en la butaca.
También, como comentaba antes, destacar la banda sonora de Max Richter. Para mí, siempre sera el compositor que creó la maravillosa banda sonora de «The leftovers». Pero es que si uno escucha su disco «The blue notebooks», entonces entiende la verdadera magnitud de este genio. En «Hamnet», consigue que la música sea un personaje más de la película. Un personaje muy importante, que te toca la fibra sin pedir permiso. Sin previo aviso.
¿El casting? Pues sencillamente de escándalo. Va a ser difícil encontrar interpretaciones mejores este año. Por eso, chirría tanto la ausencia en la carrera de premios, de Paul Mescal, que borda el papel de un Shakespeare destrozado por dentro. Que utiliza su talento como dramaturgo, para «sanar» el dolor.
Luego tenemos a Jessie Buckley como Agnes, mujer de Shakespeare. En un verdadero recital de miradas que reflejan emociones. Que reflejan amor, ira, felicidad, dolor… Que con sus movimientos, gestos, gritos y lágrimas, consigue hacer que el espectador, no pueda apartar la mirada de la pantalla.
Mención especial a una Emily Watson, como madre de Shakespeare. Y a Joe Alwyn como Bartholomew, el compungido hermano de Agnes. Yo no seré un experto en la materia, pero su ausencia en los premios, al igual que pasa con Paul Mescal, es realmente una pena.
La historia brilla en su parte más dulce, más romántica. Un primer tramo dotado de belleza, como toda la película. Pero que en ningún momento, juega con el pasteleo ni nada que se le pueda parecer. Es bonito ese tramo, no se puede discutir. Luego cuando se trata de destrozar al espectador, lo consigue con una belleza igual de contundente.
Pasado ya un buen metraje de la película, si el espectador, ha conseguido que sus emociones, no se transformen en lágrimas, mejor que no se fíe. Porque asistiremos a un tramo final, donde si no lloras es que no eres de este mundo. Y lo peor de todo, es que tal como empieza esa escena, algo te dice que algo grande se viene. Y efectivamente, lo dicho, llorar no es una opción, es una necesidad/realidad en ese momento.
Es evidente, que se ha buscado producir ese efecto en el espectador. Es imposible,no ser consciente de la catarsis que va a provocar. Y tras eso, saldrán los créditos finales. Y no habrá nada que evite que salgas de la sala «herido». Herido, pero feliz, porque a veces es necesario sentir dolor para acabar de sanar.

Deja un comentario