
Complicado para “Mufasa: el rey león” que abraza eso conocido como “live action”. Ya saben, utilicemos personajes/historias originarias del mundo de los dibujos animados, y llevémoslo a personajes de carne y hueso. Y si en la original eran animales lo que se dibujaba, pues aquí gracias a lo que las nuevas tecnologías permiten, creamos animales que parecen reales.
Lo de complicado es porque entre las propuestas anteriores, había joyas inalcanzables como la versión de “El rey león” que dirigió John Favreau. Otras dignísimas como “El libro de la selva”, otra vez a cargo del guardaespaldas/chófer y amigo de Tony Stark.
Así que Barry Jenkins ya podía ponerse las pilas con “Mufasa: el rey león”. Película que narra los inicios del futuro padre de Simba, antes de llegar a convertirse en el rey de la selva. No es técnicamente una precuela, porque todo es narrado por uno de los personajes más queridos de “El rey león”. Ese Rafiki que se lo cuenta a la hija de Simba y a los quizás innecesarios Timón y Pumba. Y por defecto, a los espectadores. Que en el caso de la sesión a la que asistí eran 80% niños y 20% padres/tíos/cuñados que seguramente salieron de la sesión algo decepcionados.
Y la decepción no tiene que ver con lo que se cuenta. Viene por el hecho de no aceptar que es una película 100% familiar. Me explico. Uno, a sus casi 50 años, habiendo disfrutado en su estreno de esa joya que era “El rey león”, está más por dramas que por finales felices. Porque la película se llama “Mufasa: el rey león”, pero lo que realmente interesa a quien estas líneas escribe, es la transformación de Taka a Scar.
Nada como la transformación del amor al odio hacia alguien querido. Eso entra en la lista de lo que nos da la vida a los cinéfilos. Y aquí esto se resuelve de forma torpe. Tenía que ser así. Porque lógicamente a mi sobrina de 7 años, le basta con entender que todo acaba siendo un tema de celos. Y no, aquí Taka es un personaje con matices desaprovechados. Con una inseguridad brutal, con un querer/no poder que destroza. Es imposible no amarlo y casi hasta “perdonarle” ciertas decisiones que condicionarán su futuro.
La maldad de Scar tiene su base, y aquí uno sale del cine pensando “ojalá alguien le dedique una película no infantil”. Dicho esto, la decepción queda amortiguada con un uso del 3D al nivel de las mejores producciones. Y si encima la película se ve en una sala 4D, pues el dolor/decepción casi se perdona.
Añadan canciones que, a pesar de ser solventes, lógicamente ni se asoman a las que compusieron Elton y John Rice para “El rey león”. Añadan una duración perfecta y añadan esa dedicatoria a James Earl Jones. Esa voz que hizo al Mufasa de “El Rey León” todavía más majestuoso. Ese James Earl Jones que ya forma parte de la memoria cinéfila de todo el mundo.

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